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Maniobras de escapismo: Sierra de Cazorla

Recuerdo como si fuera ayer las clases de conocimiento del medio de quinto de primaria. El montón de papel que “desperdiciamos” comprando cantidades ingentes de mapas físicos y políticos de España (porque luego no molaba tenerlos de póster y acababan en la basura). El sistema Bético, el Penibético, las cordilleras, los ríos, los cabos, los golfos, las sierras y las 17 comunidades autónomas que forman nuestra geografía fueron durante un tiempo, mis pesadillas. El pasado fin de semana, se convirtieron en un sueño. Como el que teníamos al arrancar a las 05.00 de la mañana desde Madrid.

IMG_0382Así lucía la naturaleza de las Sierras de Segura y Cazorla, en Jaén, hace apenas una semana. Podía imaginarme que este parque natural fuera un bosque, bonito, poblado de criaturas silvestres, y también que fuera grande, pero no tanto. He aquí el Pantano del Tranco.

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Poco tienen que envidiarle al gigantesto Yosemite. Si bien el mitificado parque californiano es una maravilla (véase en las dos siguientes fotos), Cazorla y Segura comparten con él la enormidad (bueno, no nos pasemos), sin perder la cercanía y la esencia española que los hace tan acogedores. Recogen un híbrido de climas que enriquecen la diversidad de la fauna y flora, combinando elementos del mediterráneo y rasgos continentales. Lo mismo te topas con pinos y olivos, que con encinas y zarzas.IMG_2701

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El primer día, ubicamos nuestro acogedor hotel, Paraíso de Bujaraiza, en una localización idílica, junto al pantano de la segunda foto. No quisimos estar en un pueblo cerca del parque, sino en la profundidad del bosque, y vaya si estuvimos. La única forma de llegar es a través de la carretera principal A-319, que une los pueblos más reseñados de la sierra. Como era de esperar, en dos días la recorrimos tantas veces, que nos dio tiempo a estudiar el ángulo exacto del trazado de cada curva.

El propósito del viaje estaba claro: Disparar animales de la única manera que debería permitirse: con la cámara. Como si fuéramos Carl y Ellie de la película Up, nos auto-bautizamos “exploradores intrépidos” y anduvimos preguntando sobre la fauna a toda persona que por allí vivía.

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Pablo es un pájaro. En busca de un mirador para ver buitres, águilas, y los intentos de repoblación de los quebrantahuesos, descubrimos no sólo lo que queríamos, sino caminos de tierra ilocalizables en un mapa, que a día de hoy todavía no sé si en realidad eran rutas a pie. Uno de ellos desembocaba en una gran pradera por la que surca el Guadalquivir, y allí, al caer la noche nos colocamos pacientemente con la esperanza de ver alguna criatura noctámbula acercarse al río a beber, como los peces del villancico. Pero no aparecieron, y el día había sido laaaargo, así que volvimos a refugiarnos al hotel, y encendimos una acogedora chimenea.

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A la mañana siguiente, de nuevo amanecimos antes que el sol, cargando con nuestro pack de aventuras. Pablo completamente tuneado y preparado para camuflarse como un animal más, se había olvidado de chequear mi vestuario antes de salir de Madrid. Ando un poco escasa en lo que a “material de campo y guerra” se refiere. Teniendo en cuenta que todos mis jerseys eran de colores llamativos (digamos que los tonos de invierno me ponen triste), tuve poca elección para ambos días, y este que veis aquí era el menos chillón.IMG_0709

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A las 06.45, todavía bajo el manto de las estrellas (no había visto tantas estrellas juntas en mi vida), colocamos algún que otro tentempié (manzanas, plátano y pan) cerca de un arbusto tras el que escondimos el coche. Esperamos casi dos horas a que algún animal saliera a deleitarse con nuestro elaborado buffet de desayuno, pero no hubo suerte.IMG_0507

En el hotel nos esperaban un par de tazas de café, zumo de naranja, tostadas con tomate natural y jamón serrano, y unas cuantas roscas y pastas típicas de estas sierras jienenses.IMG_0721B

Siguiendo las recomendaciones de la dueña del hotel, recorrimos la ruta circular a pie de Utrero. Un revitalizante paseo alrededor de un hermoso valle con cascada del Guadalquivir desde el que avistamos unas cuantas aves rapaces que volaban en busca de algo de almuerzo que llevarle a sus crías.

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Seguimos explorando de nuevo en cuatro ruedas por un camino de tierra enemigo de los que tienen tendencia a marearse, que nos dejó, dos horas después, en el nacimiento del Río Guadalquivir. Una decepcionante charca por la que invertimos casi medio depósito de gasolina, aunque ¡no cualquiera puede presumir de haberla visto! (véase mi cara de emoción) (quien encuentre el agua que deje un comentario).

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El gusanillo nos entró a horas razonables (serían las 13.30). Tras un rato con el móvil en la mano, retorciendo los brazos cual jugador de Twister, TripAdvisor consiguió un hilo de cobertura y me dijo que “cerca de mi”, concretamente a 13 km había un restaurante supuestamente maravilloso y asequible. Con lo que yo no contaba era con que el cálculo de distancia es en línea recta. Chasco el que me llevé cuando pinché en: “cómo llegar” y vi que la única opción era recorrer la A-319, rodeando pantanos y marcando rueda en tropecientas curvas, a no más de 40km/h por aquello de que los ciervos, zorros y jabalíes son los dueños del parque. Total, que el tiempo previsto era de 2 horas y 26 minutos (literalmente), así que con suerte llegaríamos para cenar. Opción descartada.

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Y acabamos en Quesada, un pueblo muy entrañable, como todos los de la sierra andaluza, (la atribución al descubrimiento se la debemos a TripAdvisor, que al final quiso llevarnos al “Meson El Curioso”). Todo, pueblo, o ciudad que tenga nombre de comida, y más si me trae un recuerdo híbrido entre las quesadillas mexicanas y las quesadas pasiegas cántabras, merece una visita. Fue un acierto. Llegamos a El Curioso sobre las 15.30 con un hambre voraz. Nos topamos con el mesón lleno de comidas familiares, y enseguida entendimos el por qué. Un menú casero de tres platos, a elegir de una larguísima lista, con bebida y pan por 12 euros un sábado, ¿dónde hay que firmar?

Aunque andaba desbordada a comandas, Gema, su dueña, nos hizo sentir en casa. Con una sonrisa cariñosa y una rapidísima atención, en cinco minutos nos había hecho un hueco y estábamos ya sentados, con dos refrescos, y devorando unas aceitunas maceradas en casa, mientras resolvía pacientemente nuestras dudas sobre los ingredientes que componían los platos típicos. Una pena no haber hecho fotos de los platos. Los estómagos nos brincaban de alegría tras probar los pimientos rellenos de marisco, la lasaña (porque las perdices escabechadas se habían agotado), el secreto y pollo asados con su guarnición, no sin una tarta de huesitos y un flan casero, que Gema quiso acompañar también con una ración de “gachas dulces” típicas de Quesada, para que no nos fuéramos sin probarlas. ¡Qué bien comimos! 

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Otro día más probamos suerte con la nocturnidad de los habitantes del bosque, y nuestra paciencia fue premiada con la aparición fugaz (tan fugaz que no salió bien ni la foto) de un zorro curioso, que se dejó llevar por el olor del plátano maduro.

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Así parecía que terminaba nuestra aventura por Cazorla, cuando de camino a casa, justo al salir de la frontera entre Andalucía y Castilla La Mancha, encontramos el rincón ideal para el avistamiento de aves. Yo no sé categorizarlas, pero Pablo ha estado un par de días comparando las fotos con las fichas identificativas de la nueva guía de aves que compró durante el viaje en Arroyo Frío.

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